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4/3/14

La escritora Aurea-Vicenta González Martínez nos regala el siguiente relato que agradecemos desde el Hospital Universitario Infanta Sofía. Siempre tan atenta con los pacientes de Mi Querido Hospital ¡Muchísimas gracias!

COSAS DE UN DOMINGO CUALQUIERA


Desde lo alto ya se divisa la aldea, el increíble pedregal por el que hemos tenido que reptar  hasta la cima es el responsable de un intenso dolor de pies que auspicia grandes ampollas cuando nos quitemos las zapatillas de trekking* y los mullidos calcetines de escalador con los que todos tuvimos la precaución de calzarnos de buena mañana.
Tras andar y andar, engullidos siempre por la maleza que puebla los infinitos meandros del reseco barranco, mientras seguíamos disciplinadamente el hilillo de agua procurando no dar un paso en falso y acabar fuera del estrechísimo sendero que serpentea pegado a las altas paredes de deslavazada piedra, después de dos horas de horas de penosa caminata, acabamos frente a la anunciada cresta de escarpados remates por la que según el mapa habíamos de subir, una desapacible pero espectacular escombrera de rocas y cantos rodados de más de cien metros de altura que las fuerzas del plegamiento alpino y las caudalosas aguas del antiguo mar que se batió en retirada han tenido a bien diseñar para asombro y espanto de los audaces domingueros como nosotros que ante tamaña manifestación de la Naturaleza nos echamos a llorar como críos acompasando las lágrimas con una interminable retahíla de lamentos.
Pocos lugares hay aquí afuera para guarecerse del implacable sol, la vista abarca una desigual e interminable planicie que los tiernos brotes de trigo engalanan a tramos y con el esmero de un aplicado artista pero no hay ni un mal árbol en derredor nuestro que nos permita cobijarnos hasta llegar a poblado.
Todos mantenemos la vista al frente, por nada del mundo quisiéramos mirar atrás, a la escondida brecha de la que con tan poca dignidad acabamos de salir; que se queden dentro de la traicionera grieta sus pequeños y felices habitantes ya que casi todos los que hemos llegado a ver no parecen especialmente interesados en aventurarse hasta la roca contigua ni siquiera para huir de nosotros, al menos aquí, el aire abunda y podríamos echar a correr si en un momento dado, y como tememos en serio tras temblorosos y vergonzantes cuchicheos -sin duda ninguna por la descompensación de azúcar debida al tremendo esfuerzo de la ascensión-, cobrasen vida unos  huesos y saliese en pos nuestro desde cualquier disimulada guarida una de las muchas bestias  que dejaron por aquí bien a la vista, justo en esta parte del territorio,  su impronta en forma de gigantescas icnitas** que aparecen, irreales y amenazadoras, formando deslumbrantes calveros pétreos entre el incipiente y esperanzador verdor con que se desperezan al luminoso astro las simientes.
En fin…

    *Trekking: La R.A.E. no admite el término pero se utiliza normalmente.
** Icnita: Tampoco la reconoce pero se habla así de las huellas de dinosaurio.


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