Google+ Followers

12/4/14

Cuento de la escritora Áurea-Vicenta González Martínez con mucho cariño para los pacientes del Hospital Universitario Infanta Sofía. ¡Muchísimas gracias!

Como siempre muy agradecida por los relatos que escribes para los pacientes de "Mi Querido Hospital". Tantas horas, días de ingreso... estos cuentos le hacen la estancia más grata.
¡Me encantan tus relatos! ¡Un abrazo entrañable mi querida escritora!




                    UN MININO MUY SEÑERO

            El gato dormía profundamente justo en medio del sofá. Hace tiempo que el minino parece hundirse en un letargo más que en una prolongada siesta, deben de ser los quince años que acumula sobre el lomo lo que le hace tan sabio y tan inmune al sobresalto, las prisas y los sonidos del exterior que antes, hace ya tantísimos años, le mantenían permanentemente en guardia y desasosegado.
            El griterío infantil que subía desde la calle daba buena cuenta de que las clases habían finalizado. El michino roncaba ligeramente, ajeno a todo.
            Abismada en la lectura  pero consciente del impertinente  silbido del viento solano, que importuna  incesantemente a cristales y  persianas haciéndolas tiritar  bajo su imperio, observo que el dormido compañero de acomodo alza la cabeza y estira de sopetón sus hirsutos apéndices auditivos.
            Permanece estático durante varios minutos, sin variar la postura. Sus ojitos color de miel  no dejan de acechar en dirección a la puerta de la cocina, sólo los pabellones de las orejas parecen tener movimiento,  y no es que anden acordados, parece que el felino escucha algo en sitios diferentes y de manera independiente con cada apéndice.
felino escucha algo en sitios diferentes y de manera independiente con cada apéndice.
            La curiosidad me puede y abandono el Kindle a su suerte dejándolo sobre el asiento y yendo con precaución hacia el lugar al que apunta el repentino interés de Darty.
            Desde la puerta repaso con atención cualquier punto de la estancia en que pudiera hallarse la explicación de su atenta vigilancia que compruebo prosigue, ahora todavía más, expectante.
 Todo está en orden aquí, el runrún del frigorífico, el intermitente parpadeo del digital relojito del horno, los grifos sin ningún goteo…
En fin, será una falsa alarma la que ha dado éste viejecillo amigo. Le interpelo:
-¿Qué, michifuz, una pesadilla?
Él permanece ajeno a cualquier distracción de su espionaje, se incorpora y viene hasta donde yo me encuentro, pasa andando por mi lado de forma extremadamente sigilosa, ignora con displicencia gatuna un requerimiento de carantoña que amago cuando lo tengo a mano, y sólo se detiene cuando llega bajo el gran ventanal de la cocina, allí  se sienta sobre las patas traseras y prosigue con su diurna imaginaria.
-¿Qué sucede, gato?
Gira la cabecita para mirarme un instante, después retorna a su afán, se estira sobre las baldosas y permanece con la mirada fija en la ventana.
 Está claro que no es el rítmico movimiento con que el aire aviva a los hilos de tender lo que le ha perturbado el sueño, ahí afuera hay algo que le interesa sobremanera pero que no le inquieta y le parece amistoso.
-¡Claro!  -exclamo yo-. Es semana Santa.
Me descalzo y con sigilo voy hacia la cristalera, con muchísimo cuidado deslizo una de las dos láminas que contiene el marco y, ¡ahí están!
De nuevo han llegado las preciosas pregoneras del verano: Las golondrinas.

Entradas populares