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9/8/14

Julio Mayol "Ser médico y dedicarme a la innovación" y yo añadiría que a muchas más cosas...





Siempre el Doctor Mayol  con objetivos en mente, esa, que sin descanso le hace ser el mejor, incansable viajero, con facetas multidisciplinares tengo que confesaros que es un orgullo tenerlo entre nosotros, y en su blog nos hace unos relatos buenísimos... 
¡Que bien se habla de él en la redes sociales y en los blog personales!
Felices vacaciones, personas como Ud. es lo que necesita este mundo!!!
Es mi pequeño homenaje por tantas horas que Ud. dedica a su pasión y que nos beneficia a todos!!!.




Humanidades en Medicina

Ser médico y dedicarme a la innovación

Being a physician and devote to innovation

Introducción

No había habido ningún médico en mi familia, pero a los 4 años tenía absolutamente decidido ser médico; y a los 5, cirujano. Supongo que mi curiosidad por ver lo que hay debajo de la superficie de cuanto me rodea ya era intensa. Diría que casi del mismo calibre que mi interés por intentar solucionar problemas. Pero aquella convicción por perseguir una vocación quirúrgica se vio reforzada en el verano de 1970, cuando pasé a ser paciente y tuve que ingresar por culpa de un abdomen agudo en el actual Hospital de La Princesa. No había ecografía, ni mucho menos tomografía computarizada, que despejara las dudas diagnósticas de los cirujanos de la época. Pasaron uno tras otro a explorarme el abdomen, causándome distintos grados de dolor. Y así, palpación tras palpación, dolor tras dolor, tardaron 3 días en decidirse a meterme al quirófano. Ocho días después era reintervenido por un absceso intraabdominal. Aquella experiencia que podía haberme ahuyentado, terminó por convertir mi sueño en una aspiración irrenunciable. También me serviría para que, más adelante, me diera cuenta de la importancia de la tecnología de imagen en el progreso de la cirugía y dudara sistemáticamente de las leyendas sobre la precisión diagnóstica de la exploración clínica.
Una persona me marcó durante mi estancia en el Hospital de La Princesa y no era médico. Sor Filomena era la jefa de enfermeras de la planta de hospitalización y nunca me olvidaré de ella. Era una monja de la Orden de las Hermanas de la Caridad Francesa. Todos cuantos la conocían la tenían por un ogro, pero para mí fue un ángel de la guarda. Durante las semanas que estuve ingresado, pasaba las largas tardes del caluroso verano de1970 sentado con ella en el control de enfermería. Allí me contaba historias sobre un gran cirujano, catedrático en Valladolid, que había venido a Madrid el año anterior y que era el mejor cirujano que existía, el Profesor Hipólito Durán Sacristán. Mientras, en secreto, me hacía meriendas fuera de horas (pan con aceite y azúcar) cuando no comía la sopa que tanto detestaba.

De la facultad a la residencia

Con la seguridad que da una visión infantil, recorrí el largo y, a veces, sinuoso camino que me llevó a la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense y a ser admitido como alumno interno de la I Cátedra de Patología y Clínica Quirúrgicas del Prof. Durán Sacristán. Durante 3 cursos (1986-1988), aprendí mucho sobre cirugía, de él y del resto de profesores de la Cátedra. Pero fueron especialmente responsables de estimular mi curiosidad científica los profesores Fernández-Miranda y Arias. Este último me introdujo en el apasionante mundo de la investigación, ayudándome con mi tesina de licenciatura sobre el trasplante de páncreas en el perro1.

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