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1/3/17

En el hospital Universitario Infanta Sofía los doctores Eduardo García, jefe del servicio de Otorrinolaringología y la doctora Valor realizan desde el 2008 con éxito el implante coclear ¡Felicidades!



El Hospital Infanta Sofía, experto en el dispositivo para salir del silencio


Lidia y Gabriel, implantados, junto a la doctora Cristina Valor
Lidia y Gabriel, implantados, junto a la doctora Cristina Valor




La sordera encierra a quien lo sufre en un mundo de aislamiento y silencio. En determinados casos, existe una llave para salir de esa reclusión: se llama implante coclear y es una técnica habitual en grandes hospitales madrileños, y en el no tan grande Hospital Universitario Infanta Sofía, de San Sebastián de los Reyes, donde la doctora Cristina Valor es especialista en esta cirugía. Lidia y Gabriel, dos de sus pacientes, dan fe de que el pequeño implante que portan junto a la oreja ha transformado sus vidas.
El 25 de febrero se cumplieron 60 años del primer implante coclear que se hizo en el mundo. Ahora es una técnica común, aunque requiere de unos conocimientos específicos. La doctora Valor ha recibido formación específica en EE.UU. y es quien se encarga en el Infanta Sofía de estas intervenciones, de las que tienen unas cuatro cada año desde que comenzó a realizarlas, en 2008.
Lidia, con apenas 20 años, sufre una enfermedad degenerativa que le había hecho perder un 50% de audición. Un problema que crecía y que terminó dejándola sin trabajo –«era cara al público y no podía ni coger el teléfono», explica–. Y no sólo eso: «Iba a las reuniones del colegio de mi hija con alguien acompañándome, porque no me enteraba de nada». Y cuando la pequeña se iba a pasar algunos días con los abuelos, «era desesperante hablar con ella por teléfono, porque no le entendía nada».

«Me enteraba de la película»

Lidia se fue encerrando, «dejas de conocer gente, de salir...». Tras la operación, afirma que su vida ha cambiado. Vueve a tener trabajo y ha mejorado la comunicación con su hija. Recuerda con especial emoción el primer día que fue al cine con ella: «Comprobé que me enteraba de la película; antes, estaba allí sentada y me reía cuando veía que los demás lo hacían, pero sin saber por qué». El implante consiste en un dispositivo que se inserta tras el pabellón auricular, con un haz de electrodos que se enrolla en torno a la cóclea y un procesador externo conectado al interior mediante un imán.
Gabriel ya está jubilado. Diversos problemas de salud le colocaron ante la difícil decisión de tomar un medicamento que podía ocasionarle –y de hecho, le causó– daños en el oído. El implante coclear le rescató también del mundo de silencio en el que se había sumido. Eso sí, no es una solución milagrosa: «No es que te lo pongas y al día siguiente ya estés oyendo; hay un proceso de adaptación, hay que acostumbrarse», hacer rehabilitación, visitar al logopeda... Un proceso necesario para que «el cerebro se acostumbre a oír, porque es un sonido diferente». Porque los sonidos cambian, «son algo metálicos». Y son muy sensibles al ruido ambiente: «Yo voy mucho a conferencias y congresos, y cuando llega el momento del cóctel, siento que todo retumba, como si estuviera en una discoteca».
Por eso, sugiere que se extienda en lugares públicos el uso del bucle de inducción, que permite a las personas con aparatos auditivos o implantes reducir el sonido ambiente hasta prácticamente hacerlo desaparecer. Ya lo hay en salas de cine y teatro, y a este colectivo les facilita mucho las cosas.
Gabriel es un gran melómano y con el implante coclear ha vuelto a frecuentar salas de conciertos de música clásica: «La oigo de otra manera, de forma distinta, pero el cerebro tiene memoria, y ayuda». Reconoce que una de sus mayores satisfacciones ahora es «pasear por el campo y poder escuchar a los pájaros». Y no pierde nunca el sentido del humor: confiando en la fecha del primer implante coclear, el 25 de febrero de 1957, «jugué este número a la Lotería de Navidad del año pasado, el 25257, pero no me tocó», bromea.
El dispositivo que se adapta es delicado de manejar y su precio es elevado: unos 20.000 euros por unidad, fijado por la Comunidad de Madrid, explica Eduardo García, jefe del servicio de Otorrinolaringología del Infanta Sofía. El mantenimiento, repuesto de pilas y otros ajustes del aparato se realizan en la pieza exterior.
Aunque la prevención tiene cada vez más peso en sanidad, y son frecuentes las revisiones de la vista, el estado dental u otro tipo de chequeos, no lo son tanto los relacionados con el oído. Si se hacen en la infancia, porque la ley obliga a las llamadas «pruebas de despistaje», para detectar la sordera en el nacimiento; pero no de adulto.

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